Amy, de su estreno en Cannes para conquistar las pantallas de cada lugar del mundo.

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La vida intensa y el destino fatal de Amy Winehouse.

Amy Winehouse fue encontrada muerta en su apartamento londinense la tarde del 23 de julio de 2011, justo a la edad de veintisiete años, consagrándose como leyenda de la música. Muchas cosas se dijeron durante los siguientes días; recuerdo los periódicos, recuerdo las noticias de televisión e internet saturadas de la imagen más demacrada de Amy, algunos medios llegaron a asegurar que había muerto de una sobredosis de drogas, pues ya era muy conocido que la cantante era gustosa de la heroína y otras sustancias. Un mes más tarde, su familia y la doctora a cargo del caso, confirmaron que la muerte misteriosa ocurrió por un paro respiratorio ocasionado por exceso de alcohol en la sangre.

La director británico Asif Kapadia estrenó en Cannes su documental sobre la vida de la mujer detrás de la gran voz del jazz y soul: Amy, mismo que le ha valido varios premios, entre ellos el BAFTA y el Oscar a la mejor película de su categoría. Se ha dicho que la familia Winehouse no está del todo contenta con la historia contada, lo cual es casi una garantía de la objetividad en el trabajo de Kapadia.

En lo personal encuentro en este documental un gran logro del director y su equipo: sumergirnos en la historia de una vida, lejos de juicios, buscando todo el tiempo la objetividad de una narrativa biográfica, al mismo tiempo que traza cada momento con una estética íntima y suave, y de esta unión nace la empatía con la tristeza, el amor, el rencor, las alegrías y las adicciones de una mujer que murió demasiado joven a causa de sus hábitos excesivos.

Valiéndose de vídeos caseros, fotos, entrevistas y por supuesto música, Kapadia logra hipnotizar al espectador, invitándolo poco a poco a sumergirse en el mundo de Amy, en su voz, en sus ídolos, en sus vicios, en sus tatuajes, en su bulimia, en su delineador de ojos. Esas canciones que solíamos escuchar como buenas ideas, se van desnudando poco a poco en la pantalla, entre fotografías etéreas y muy precisas de las libretas de la también compositora, su rostro, su risa y anécdotas: Amy Winehouse nunca hacía una canción que no tuviera una historia propia detrás.

Al final de esta película, me sentí despojada de lástimas y de cualquier fanatismo; entendí que Amy era una verdadera artista, una de esas almas que viven sólo para la belleza, el amor, las pasiones y para crear a partir de ello. Ella nunca ansió la fama y los estadios llenos, ella quería espacios íntimos, jazz, alcohol, sexo y hacer canciones que satisficieran sus necesidades internas, música que representara las emociones que la habitaban. El éxito la atrapó, la fama fue quemando su alma vieja y su amor por Blake –su pareja por casi diez años- y por la heroína y el alcohol, además de su desorden alimenticio, la fueron consumiendo frente a miles de cámaras y espectadores.

Amy, quizá sin querer, quizá con toda la conciencia, vivió sumergida en un ensueño narcótico, igual que muchas leyendas del jazz. E igual que muchos de los genios que la música nos ha dejado, se fue joven y hundida en su melancolía eterna y asfixiada en un exceso de vodka.

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