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Crónica del concierto que no.

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¡Chino, saca otra chela, carnal!
¡Cuidao!

Salón Victoria (1999)


Eran las cinco de la tarde. Habíamos comprado boletos para ver a Salón Victoria en el Salón Morelos. El Café Iguana de Monterrey cumplía veinte años y se habían agendado varios eventos en el mes. El concierto de Salón Victoria era uno de ellos.

Íbamos caminando sobre la calle Matamoros. Era un día soleado, agradable. Doblamos a la derecha, en Diego de Montemayor. Apenas dimos vuelta, nos percatamos de una multitud congregada justo en frente del Café Iguana. El lugar a donde nos dirigíamos es un bar adjunto a éste y que pertenece a la misma administración. Para llegar ahí teníamos que atravesar por el tumulto. Seguimos caminando hacia la multitud. Me pareció extraño el lúgubre silencio que imperaba en el ambiente. Todos estaban de espaldas, mirando hacia la entrada del lugar, yo apenas los miré de reojo. Al ir abriendo paso, de entre todos, reconocí a una chica que había saludado en varias manifestaciones. Estaba de espaldas, con la cabeza baja.

Sin saludar, pregunté qué había pasado. — Anoche balearon. Mataron a cuatro—me contó.

—Mira —Me señaló los balazos en las paredes, la sangre seca en los escalones de la entrada. Había estado ahí segundos antes sin percatarme de nada, sin advertirlo, pensé.

Había flores, carteles y veladoras sobre la banqueta.  “La música no tiene la culpa”,  “Más música, menos balas”, “El Iguana no morirá”, “Algún día la música vencerá las guerras”, “Hasta siempre, Pablote”, gritaban los carteles.

—Yo vengo a un concierto acá al bar de al lado. No me enteré de nada. ¿Cuándo pasó? — le pregunté.

—Está en todas las noticias.

Me quedé ensimismada. Nos quedamos mirando al suelo, leyendo en los carteles las frases de adiós para “El enano” y “Pablote” -las dos personas de seguridad que habían muerto esa madrugada-. Se escuchaba un llanto bajito. Entonces, vino a mi mente la imagen de mi boleto amarillo en la bolsa del pantalón,  imagine el lugar vacío, la herida que derramó esa sangre en la banqueta, el dolor,  el estruendo de las detonaciones, la gente corriendo asustada.  Me imaginé viendo una película en casa, y me vi tomando una cerveza dentro del aquel lugar.

Pasaba de la media noche, salíamos de casa de unos amigos. Ese día todos nos fuimos más temprano de lo acostumbrado. Íbamos en el coche rumbo a casa. Él manejaba.

—¿Y si vamos al Café (Iguana) un rato? Hoy es el evento de los veinte años. Nos echamos unas dos cerveza y nos regresamos— me propuso

—Va— dije. Pero de camino, empezaron los bostezos.

—Ya es tarde, mejor vamos a la casa y vemos una película. Al fin, mañana vamos al concierto. Mejor cargamos batería.— dijo uno de los dos.

Aproximadamente a las 12:30 de la mañana,  el 22 de mayo de 2011, varios sujetos armados descendieron de dos  camionetas y dispararon hacía la fachada del Café Iguana de Monterrey. Bar ubicado en el primer cuadro de la ciudad, en el Barrio Antiguo de Monterrey. Se dice que en el lugar murieron cuatro personas, dos de ellas personal de seguridad del lugar; los otros dos, al parecer, clientes. Se dice que hubo más personas heridas. De los cuerpos, sólo uno quedó en el lugar. Los otros tres cuerpos fueron retirados por el comando, según cuentan testigos. La cifra oficial al día siguiente del suceso era: un muerto.

Ese día todo marchaba como siempre. Adentro: la música, las risas, los besos, las caguamas cubiertas por una bolsa de papel (como las venden acá). De pronto, la gente comenzó a correr, asustada. Nadie sabía bien qué pasaba, pero todos trataron de resguardarse. Cuentan que algunos corrieron hacia la terraza; otros corrieron hacia el Salón Morelos (que conecta con el lugar por una pequeña puerta). En el escenario del fondo tocaba un Dj: Dj Redline. Dicen que cuando comenzó el tumulto la gente saltó la valla que separa al escenario con el público y se colaron a los camerinos para refugiarse. Nadie sabía qué pasaba. Ellos, los del fondo, se enteraron al último, ni siquiera escucharon las detonaciones. Cuentan que algunos intentaron salir por la puerta del frente, pero regresaron gritando que había muertos. Nadie lo podía creer. No sé si la música dejó de sonar, pero no hizo falta que así fuera, para entonces el silencio los había devorado. Al final, todos fueron a sus casas.

Esa tarde de domingo sólo el silencio seguía ahí. De la fachada colgaban varias lonas que anunciaban los próximos eventos, incluyendo el de aquel aniversario. Las oficinas del lugar estaban cerradas, el Salón Morelos –al que nosotros íbamos esa tarde- también. No hacía falta preguntar qué pasaría con el evento.

Nos detuvimos por un momento, tomados de la mano, observando. La gente hablaba bajo. El llanto bajito se seguía escuchando. Mi boleto seguía en la bolsa del pantalón. Ese día el rock se vio tocado por la violencia. Lo que parecía intocable había sido profanado.

Desde aquel día los bares comenzaron a cerrar, no recuerdo si fue inmediatamente después de aquello o si pasaron meses. Ese suceso acabó con el único oasis que nos quedaba, acabó con la fantasía de escapar –aunque sea por unas horas- de las plaga de balas que había infestado al estado. El rock cayó en coma. El concierto para el que había comprado entradas nunca tuvo lugar. Meses después la banda anunció su separación.

El Café Iguana reabrió sus puertas dos años después. Los impactos de bala en la fachada nunca fueron resanados. Los veintiséis años les han venido a bien.

He traspasado esa puerta decenas de veces, la sangre ya no está ahí, pero yo sé que ese dolor se esconde, cual pesadilla, debajo de este sueño. He estado una y otra vez en el Salón Morelos. Mi boleto sigue intacto, en memoria de. Y las familias de los fallecidos aquel día, siguen sin un lugar a dónde ir a dejarles flores.

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