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El lado oscuro: El verdadero ‘Hannibal Lecter’ era de Monterrey

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Thomas Harris creó el personaje del temible doctor inspirándose en un asesino de Monterrey, con quien se entrevistó en el Penal del Topo Chico.

Uno de los personajes más fascinantes de la literatura moderna y de la historia del cine es, sin duda, Hannibal Lecter, sí, ese doctor inteligente, sofisticado, encantador, pero carente de sentimientos y hambriento de violencia… y de carne.

Su creador fue el escritor Thomas Harris, quien lo plasmó en su libro “El Dragón Rojo”, novela publicada en 1981, en la que el temible doctor Lecter tiene un papel secundario, pero trascendente.

Tan poderosa resultó esta figura que la retomó en sus siguientes obras, dotando al personaje de mayor protagonismo: “El Silencio de los Corderos” (1988), “Hannibal” (1999) y “Hannibal: El Origen del Mal” (2006).

Pero, ¿en quién se inspiró Harris para crear a este artista de la brutalidad? ¿En algún psicópata estadounidense? ¿Algún elegante asesino en serie europeo? No, la respuesta se haya en el norte de México: en Monterrey.

En efecto, por más increíble que parezca, un regiomontano fue quien inspiró al escritor originario de Jackson, Tennessee, su nombre es Alfredo Ballí Treviño.

¿Quién fue Alfredo Ballí Treviño?

En 1959 un crimen conmocionó a la ciudad de Monterrey: un hombre, identificado como Alfredo Ballí, pasante de medicina, dio muerte a su pareja sentimental, Jesús Castillo Rangel.

El asesinato se dio en el consultorio del asesino en la colonia Talleres. Luego de una discusión, en la que Castillo le dijo a Ballí que ya no quería nada con él, el casi galeno decidió acabar con la vida de su amante.

Alfredo, enfurecido, lo envenenó con pentonal sódico (el llamado “Suero de la verdad”), primero empapó un trapo con el químico y con él intoxicó a Castillo y después le inyectó una dosis más.

Posteriormente, llevó a su pareja a la regadera ubicada en una habitación contigua al consultorio, en donde le cortó el cuello con un bisturí y dejó que se desangrará por completo.

Después, cortó el cuerpo en siete partes y lo envolvió en una manta y lo colocó de manera ordenada en una caja.

Luego de esto llevó la caja al rancho de su tío, cerca de lo que ahora es el Puente Chapultepec y la enterró en el sitio, argumentando que se trataba de desechos médicos.

Días después, un pastor se dio cuenta de que algo había sido enterrado de manera irregular gracias a que varios animales se acercaban al sitio.

Al comentarse el hecho ante la Policía, se realizó una revisión a profundidad del lugar y se encontró la caja con los restos humanos.

Las indagatorias avanzaron rápido y de inmediato se dio con Ballí. El médico confesó el hecho y dio sorprendentes detalles, como el hecho de que sus cortes fueron tan limpios que no tocó un sólo hueso con el bisturí.

Los investigadores intentaron relacionarlo con otros asesinatos similares sin resolver, pero nunca se pudo confirmar.

Tras concluirse las investigaciones, el juez Marco Antonio Leija Moreno, una leyenda viviente de Nuevo León y uno de los máximos orgullos de la UANL, le dictó sentencia de muerte, la última que se ordenó en México, la cual le fue conmutada al poco tiempo por 20 años de prisión.

En la cárcel fue un prisionero modelo y sumamente respetado (y temido) por el resto de la población penitenciaria del Penal del Topo Chico.

Incluso tenía su propio consultorio dentro de la cárcel, en donde daba servicios médicos gratuitos a los internos.

Por este motivo tenía ciertos privilegios, como usar la vestimenta que quisiera, aspecto que lo caracterizó, ya que vestía elegante y sofisticado para le época, con zapatos blancos, lentes oscuros y trajes.

Finalmente, en 1979 Alfredo Ballí salió de prisión, obtuvo su título de médico y continuó ejerciendo en su consultorio privado, con una nutrida clientela, siendo identificado como un doctor sumamente amable y considerado.

Tuvo varios hijos con parejas distintas, algunas de las cuales murieron.

El mismo Leija Moreno comentó en su momento que un día tuvo un sorpresivo encuentro con el doctor Ballí.

“Un día estaba yo en una tienda Soriana y ahí me echaron un grito: ‘¡Marco Antonio Leija Moreno!’, era el doctor Ballí, me dio un abrazo y me dijo que tenía cuatro meses de haber salido en libertad, estuvo adentro 20 años; ‘todos me maltrataron, el único que fue atento fue usted’, me dijo”, indicó el famoso juez.

El doctor murió de cáncer de próstata en 2009. Nunca quiso volver a hablar sobre su pasado criminal.

¿Cómo se dio el encuentro entre Alfredo Ballí y Thomas Harris?

Ya sabemos quién es Ballí, pero ¿cómo lo conoció el escritor de “El Silencio de los Inocentes”?

Thomas Harris se desempeñó por muchos años como reportero para varios medios y agencias importantes, entre ellas “Associated Press” (AP), especializándose en casos de alto impacto de nota roja.

Como parte de una asignación especial, Harris vino a Monterrey en 1963, para entrevistar Dykes Askew Simmons, un ciudadano estadounidense que se encontraba preso en el Topo Chico por un triple homicidio.

Simmons intentó fugarse de prisión y resultó herido con varios impactos de bala y fue el mismo Ballí el que le salvó la vida.

Durante su visita al Topo Chico, Harris se topó con Ballí y se pusieron a platicar.

El escritor quedó sorprendido por la magnética personalidad del pasante de doctor, por su inteligencia, por su vestimenta elegante y a la moda, pero sobre todo por la precisión con la que describió la personalidad de Simmons y el tono sombrío de las preguntas que le hacía sobre las lesiones que sufrió este reo durante su intento de escape (las cuales lo desfiguraron), sobre sus víctimas y sobre algunas cuestiones de criminalidad.

La plática fue interesante y prolongada, según Harris, la cual surgió de manera espontánea y sin planear.

El escritor se quedó con la idea de que Ballí era un médico de la prisión, por lo que le preguntó al director del penal que cuánto tiempo llevaba Alfredo trabajando en esa cárcel.

Su sorpresa fue mayúscula con la respuesta del funcionario penitenciario: “¿no sabes quién es? El doctor es un asesino. Como cirujano, podría empaquetar a su víctima en una caja pequeña. Nunca dejará este lugar. Es un demente”.

Así, de esta forma tan increíble, surgió “Hannibal Lecter”, uno de los íconos modernos más representativos del lado oscuro de la naturaleza humana.

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