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Crónicas

Cerati: la última noche, el último grito

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Como un premeditado pero aún escondido epitafio musical, Gustavo entonó “Lago en el cielo”… No volvió a entonar nada más.

                          Crónica de un adiós inesperadamente eterno

15 de mayo, 2010: Era noche y las estrellas ya envolvían el majestuoso estadio de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, Venezuela, para abrir paso a una estrella más.

Lo artificial de las luces comenzó a emerger y el poder del sonido comenzaba a volverse cada vez más fuerte; y ahí estaba él: victorioso, poderoso, jovial y listo para el show… o al menos así lo aparentaba.

Según afortunados o desafortunados testigos de aquél último concierto, la velada comenzó con temas como “Fuerza natural”, “Magia”, “Deja vu”…

El repertorio continuaba canción tras canción y la euforia parecía no cesar. Afuera todo el mundo festejaba el encuentro con la banda argentina, pero ni idea de qué había dentro de la cabeza de Gustavo en esos minutos tan valiosos.

“Ahí va un regalo… no mio, sino de la naturaleza, o de lo que sea. Un lago en el cielo para todos.. acá que estamos bien alto, gracias, Caracas”, expresó.

Y entonces, como un premeditado pero aún escondido epitafio musical, Gustavo entonó “Lago en el cielo”.

La música sonaba en todo su esplendor y un solo de guitarra se apoderó del ambiente. Por alrededor de dos minutos Cerati rasgó el instrumento con una emotividad palpable, y dedicó unas muy breves pero ahora doloras palabras de despedida.

“Chau, Venezuela”, dijo, pero ni él, ni sus compañeros, ni el público presente sabía que ese adiós era para el mundo… era para siempre.

La foto del recuerdo era infaltable: A como pudo, se reunió con sus compañeros y esperó ese flashazo que plasmaría aquella imagen que se convertiría en la última junto a su equipo.

Bajó las escaleras de la tarima, más aturdido que cuerdo, pero mantuvo su pose.

Adriám Taverna, sonidista de la banda, cuenta que logró notar que algo no andaba bien en Cerati.

“¿Te sentís bien?”, le preguntó, pero la respuesta nunca llegó, aunque asegura que Gustavo sí llegó a hacer el esfuerzo de mover sus labios, pero aquellas palabras que quería pronunciar, no salieron de su ser.

Con su delgado cuerpo se abrió paso hacia los camerinos, y fue ahí donde el monstruo disfrazado de un accidente cerebrovascular lo tomó por sorpresa.

En las noticias resonaba su nombre: “Cerati sufre accidente cerebro vascular tras concierto”.

Todo parecía ser una mala racha de la que la ícono musical saldría librado, pero los días pasaron y su cuerpo no daba respuesta. Esos días se convirtieron en semanas… meses… años…

4 de septiembre, 2014: Muere Gustavo Cerati. Aquel despertar que todos esperaban, no llegó. El coma lo atrapó por 4 años, y un paro respiratorio le arrebató la vida, haciendo de su esencia una leyenda del rock argentino.

Gracias totales, Gustavo Cerati.

via GIPHY

Soy un alma que viaja entre música y fotogramas. Vivo aventuras, plasmo historias, pinto perspectivas.

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Crónica del concierto que no.

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¡Chino, saca otra chela, carnal!
¡Cuidao!

Salón Victoria (1999)


Eran las cinco de la tarde. Habíamos comprado boletos para ver a Salón Victoria en el Salón Morelos. El Café Iguana de Monterrey cumplía veinte años y se habían agendado varios eventos en el mes. El concierto de Salón Victoria era uno de ellos.

Íbamos caminando sobre la calle Matamoros. Era un día soleado, agradable. Doblamos a la derecha, en Diego de Montemayor. Apenas dimos vuelta, nos percatamos de una multitud congregada justo en frente del Café Iguana. El lugar a donde nos dirigíamos es un bar adjunto a éste y que pertenece a la misma administración. Para llegar ahí teníamos que atravesar por el tumulto. Seguimos caminando hacia la multitud. Me pareció extraño el lúgubre silencio que imperaba en el ambiente. Todos estaban de espaldas, mirando hacia la entrada del lugar, yo apenas los miré de reojo. Al ir abriendo paso, de entre todos, reconocí a una chica que había saludado en varias manifestaciones. Estaba de espaldas, con la cabeza baja.

Sin saludar, pregunté qué había pasado. — Anoche balearon. Mataron a cuatro—me contó.

—Mira —Me señaló los balazos en las paredes, la sangre seca en los escalones de la entrada. Había estado ahí segundos antes sin percatarme de nada, sin advertirlo, pensé.

Había flores, carteles y veladoras sobre la banqueta.  “La música no tiene la culpa”,  “Más música, menos balas”, “El Iguana no morirá”, “Algún día la música vencerá las guerras”, “Hasta siempre, Pablote”, gritaban los carteles.

—Yo vengo a un concierto acá al bar de al lado. No me enteré de nada. ¿Cuándo pasó? — le pregunté.

—Está en todas las noticias.

Me quedé ensimismada. Nos quedamos mirando al suelo, leyendo en los carteles las frases de adiós para “El enano” y “Pablote” -las dos personas de seguridad que habían muerto esa madrugada-. Se escuchaba un llanto bajito. Entonces, vino a mi mente la imagen de mi boleto amarillo en la bolsa del pantalón,  imagine el lugar vacío, la herida que derramó esa sangre en la banqueta, el dolor,  el estruendo de las detonaciones, la gente corriendo asustada.  Me imaginé viendo una película en casa, y me vi tomando una cerveza dentro del aquel lugar.

Pasaba de la media noche, salíamos de casa de unos amigos. Ese día todos nos fuimos más temprano de lo acostumbrado. Íbamos en el coche rumbo a casa. Él manejaba.

—¿Y si vamos al Café (Iguana) un rato? Hoy es el evento de los veinte años. Nos echamos unas dos cerveza y nos regresamos— me propuso

—Va— dije. Pero de camino, empezaron los bostezos.

—Ya es tarde, mejor vamos a la casa y vemos una película. Al fin, mañana vamos al concierto. Mejor cargamos batería.— dijo uno de los dos.

Aproximadamente a las 12:30 de la mañana,  el 22 de mayo de 2011, varios sujetos armados descendieron de dos  camionetas y dispararon hacía la fachada del Café Iguana de Monterrey. Bar ubicado en el primer cuadro de la ciudad, en el Barrio Antiguo de Monterrey. Se dice que en el lugar murieron cuatro personas, dos de ellas personal de seguridad del lugar; los otros dos, al parecer, clientes. Se dice que hubo más personas heridas. De los cuerpos, sólo uno quedó en el lugar. Los otros tres cuerpos fueron retirados por el comando, según cuentan testigos. La cifra oficial al día siguiente del suceso era: un muerto.

Ese día todo marchaba como siempre. Adentro: la música, las risas, los besos, las caguamas cubiertas por una bolsa de papel (como las venden acá). De pronto, la gente comenzó a correr, asustada. Nadie sabía bien qué pasaba, pero todos trataron de resguardarse. Cuentan que algunos corrieron hacia la terraza; otros corrieron hacia el Salón Morelos (que conecta con el lugar por una pequeña puerta). En el escenario del fondo tocaba un Dj: Dj Redline. Dicen que cuando comenzó el tumulto la gente saltó la valla que separa al escenario con el público y se colaron a los camerinos para refugiarse. Nadie sabía qué pasaba. Ellos, los del fondo, se enteraron al último, ni siquiera escucharon las detonaciones. Cuentan que algunos intentaron salir por la puerta del frente, pero regresaron gritando que había muertos. Nadie lo podía creer. No sé si la música dejó de sonar, pero no hizo falta que así fuera, para entonces el silencio los había devorado. Al final, todos fueron a sus casas.

Esa tarde de domingo sólo el silencio seguía ahí. De la fachada colgaban varias lonas que anunciaban los próximos eventos, incluyendo el de aquel aniversario. Las oficinas del lugar estaban cerradas, el Salón Morelos –al que nosotros íbamos esa tarde- también. No hacía falta preguntar qué pasaría con el evento.

Nos detuvimos por un momento, tomados de la mano, observando. La gente hablaba bajo. El llanto bajito se seguía escuchando. Mi boleto seguía en la bolsa del pantalón. Ese día el rock se vio tocado por la violencia. Lo que parecía intocable había sido profanado.

Desde aquel día los bares comenzaron a cerrar, no recuerdo si fue inmediatamente después de aquello o si pasaron meses. Ese suceso acabó con el único oasis que nos quedaba, acabó con la fantasía de escapar –aunque sea por unas horas- de las plaga de balas que había infestado al estado. El rock cayó en coma. El concierto para el que había comprado entradas nunca tuvo lugar. Meses después la banda anunció su separación.

El Café Iguana reabrió sus puertas dos años después. Los impactos de bala en la fachada nunca fueron resanados. Los veintiséis años les han venido a bien.

He traspasado esa puerta decenas de veces, la sangre ya no está ahí, pero yo sé que ese dolor se esconde, cual pesadilla, debajo de este sueño. He estado una y otra vez en el Salón Morelos. Mi boleto sigue intacto, en memoria de. Y las familias de los fallecidos aquel día, siguen sin un lugar a dónde ir a dejarles flores.

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Crónicas

Juan Gabriel: de artista a leyenda

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Juan Gabriel se nos fue de su forma humana para convertirse en leyenda.

Ayer fue uno de esos días en los que raramente, abrí Facebook hasta tarde. Lo primero que vi fue un: “no puedo creer que se murió Juanga”. Estaba con un amigo y le dije lo que acababa de ver. Los dos dijimos que no era cierto y dejamos los celulares a un lado. A los cinco minutos volvimos a revisar las redes sociales sólo para percatarnos de que nadie haría una broma tan horrible. Era verdad: Juan Gabriel había muerto.

El resto de la tarde ni siquiera quise poner sus canciones. Hacía un esfuerzo por creer que no era verdad. Inventaba teorías conspirativas en mi mente. Me dormí un rato con la esperanza de despertar y que hubiera sido un sueño. Tampoco quería expresar públicamente mi sentir. Me dio por pensar que eran su familia y amigos quienes tenían derecho a estar tristes de veras. Pero no, es que no era sólo la persona, hace mucho que había dejado de ser únicamente Alberto Aguilera: era Juan Gabriel, el artista más grande de nuestro país.

Pinche 2016, apenas es agosto y ya se ha llevado a tantas personas que admiraba muchísimo. Y no, no todas eran famosas, no todas eran Prince y Bowie y reconocimientos infinitos en redes sociales. Pero éste fue otro golpe: uno justo en la identidad. Los recuerdos de las canciones en los road trips familiares. Cantar “Te sigo amando” clandestinamente con el coro de la primaria. La primera vez que me enamoré. La primera vez que me desenamoré. Melodías que podía tararear igual con mis abuelas, que con los más extravagantes de mis amigos.

La muerte siempre me pesa, es cierto, pero me puse a reflexionar sobre éstas, sobre este tren de pérdidas de genios. En esta silla vacía que ahora deja el Divo de Juárez.

Y es que ahora mismo parece que será imposible que exista otro artista tan honesto, valiente y fino como lo fue Juanga: haciendo siempre canciones llenitas de verdad, exponiendo sus vísceras ante públicos gigantes, enfrentando sus sentimientos constantemente, contagiando de igual forma dolor y desencanto que amor, alegría y optimismo.

Todo lo que él hacía se convertía en oro. Cuántas bandas y artistas de Latinoamérica no quisieron hacerle covers y tributos en vida: desde Dread Mar I hasta Jaguares, pasando por la Maldita Vecindad, Mon Laferte y Natalia Lafourcade.

No hay hate admitido, que se ahorren los comentarios de las cortinas de humo y el sarcasmo acerca del amor expresado públicamente por las masas; todos estamos tristes y ya, porque neta, te puede gustar la banda, puedes ser fan del reguetón, del rock, del reggae, puedes ser hip hoppa o raver, pero aceptémoslo: Juan Gabriel une más el sentir del pueblo mexicano que la selección en un mundial o el grito del Día de la Independencia.

Si algún día soy madre, mis hijas e hijos van a escuchar tu música. Eso es ley. Siempre vas a estar en el soundtrack de la cotidianidad en habla hispana. Tu legado ya es eterno, Juanga, ojalá el vacío que dejas sea una invitación para que las nuevas generaciones hagamos arte sincero, así, sin dinero ni nada, pero con mucho amor para amar.

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