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Crónicas

Juan Gabriel: de artista a leyenda

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Juan Gabriel se nos fue de su forma humana para convertirse en leyenda.

Ayer fue uno de esos días en los que raramente, abrí Facebook hasta tarde. Lo primero que vi fue un: “no puedo creer que se murió Juanga”. Estaba con un amigo y le dije lo que acababa de ver. Los dos dijimos que no era cierto y dejamos los celulares a un lado. A los cinco minutos volvimos a revisar las redes sociales sólo para percatarnos de que nadie haría una broma tan horrible. Era verdad: Juan Gabriel había muerto.

El resto de la tarde ni siquiera quise poner sus canciones. Hacía un esfuerzo por creer que no era verdad. Inventaba teorías conspirativas en mi mente. Me dormí un rato con la esperanza de despertar y que hubiera sido un sueño. Tampoco quería expresar públicamente mi sentir. Me dio por pensar que eran su familia y amigos quienes tenían derecho a estar tristes de veras. Pero no, es que no era sólo la persona, hace mucho que había dejado de ser únicamente Alberto Aguilera: era Juan Gabriel, el artista más grande de nuestro país.

Pinche 2016, apenas es agosto y ya se ha llevado a tantas personas que admiraba muchísimo. Y no, no todas eran famosas, no todas eran Prince y Bowie y reconocimientos infinitos en redes sociales. Pero éste fue otro golpe: uno justo en la identidad. Los recuerdos de las canciones en los road trips familiares. Cantar “Te sigo amando” clandestinamente con el coro de la primaria. La primera vez que me enamoré. La primera vez que me desenamoré. Melodías que podía tararear igual con mis abuelas, que con los más extravagantes de mis amigos.

La muerte siempre me pesa, es cierto, pero me puse a reflexionar sobre éstas, sobre este tren de pérdidas de genios. En esta silla vacía que ahora deja el Divo de Juárez.

Y es que ahora mismo parece que será imposible que exista otro artista tan honesto, valiente y fino como lo fue Juanga: haciendo siempre canciones llenitas de verdad, exponiendo sus vísceras ante públicos gigantes, enfrentando sus sentimientos constantemente, contagiando de igual forma dolor y desencanto que amor, alegría y optimismo.

Todo lo que él hacía se convertía en oro. Cuántas bandas y artistas de Latinoamérica no quisieron hacerle covers y tributos en vida: desde Dread Mar I hasta Jaguares, pasando por la Maldita Vecindad, Mon Laferte y Natalia Lafourcade.

No hay hate admitido, que se ahorren los comentarios de las cortinas de humo y el sarcasmo acerca del amor expresado públicamente por las masas; todos estamos tristes y ya, porque neta, te puede gustar la banda, puedes ser fan del reguetón, del rock, del reggae, puedes ser hip hoppa o raver, pero aceptémoslo: Juan Gabriel une más el sentir del pueblo mexicano que la selección en un mundial o el grito del Día de la Independencia.

Si algún día soy madre, mis hijas e hijos van a escuchar tu música. Eso es ley. Siempre vas a estar en el soundtrack de la cotidianidad en habla hispana. Tu legado ya es eterno, Juanga, ojalá el vacío que dejas sea una invitación para que las nuevas generaciones hagamos arte sincero, así, sin dinero ni nada, pero con mucho amor para amar.

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¿Y quién demonios es David Byrne?

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Esta no es una reseña de su vida, sino sobre el hombre en el ordenador.

 

Cursaba la preparatoria. Vivía cerca del centro de Monterrey. Acababan de comprarme mi segunda computadora. Era un precioso modelo en negro, mi primer ordenador personalizado, con altavoces externos, unidad de CD y conexión a internet; se podía cambiar la apariencia de las ventanas, y además incluía el nuevo reproductor Windows Media Player 8. Una maravilla. Estaba yo explorado sus posibilidades cuando me topé con un archivo llamado “Like Humans Do” en la carpeta de My Music. Era un archivo pre-instalado en formato (.wma). Escuché una y otra vez esa canción. David Byrne era la voz en el ordenador.

Años más tarde, escuché por primera vez una canción llamada “Psycho Killerde Talking Heads, lo último lo supe porque hice una búsqueda en esa aplicación que reconoce lo que está sonando. Fue después cuando asocié la relación entre Byrne -el cantante de aquella famosa canción de Windows XP- y la banda que acababa de conocer. Byrne había sido el líder de los Talking Heads, una banda newyorquina de new wave de los ochenta. Desde entonces quedé enganchada a la banda y mi curiosidad por aquel personaje creció aún más.

En el 2014, el nombre de Byrne volvió a aparecer en mi vida. Echaba un vistazo por las novedades editoriales cuando un libro con fondo blanco gritaba su nombre con grandes letras negras, a éste lo acompañaban el título: Cómo funciona la música, y el icono de volumen de Windows.  Se trataba de una reedición en español, de la editorial Sexto Piso. Lo llevé a casa.

Ahora el nombre de Byrne vuelve a inundar de notas la web, todas hablando de su nueva gira American Utopia, con la cual regresa a los escenarios luego de catorce años de receso como solista. En las notas cuentan sobre su show, sobre la peculiar experiencia estética y sonora que ofrece. Se trata de un performance minimalista, en donde reordena el escenario con doce músicos vestidos de gris que caminan descalzos por todo el espacio, apareciendo y desapareciendo por la cortina plateada que sirve de escenografía. Es una experiencia inigualable, dicen.

Esta noche David Byrne estará en Monterrey, es la oportunidad perfecta para tener cara a cara al hombre del ordenador, de experimentarlo fuera, pero yo estoy a 1800 kilometros del lugar. Ahora soy yo quien está del otro lado.

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Crónicas

Crónica de un mensaje descifrado tardíamente: el silencioso grito de despedida de David Bowie

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Enero lleva en sus días impregnada la marca de un ícono que pasó por el mundo para dejar plasmada su esencia en la historia de la música. El inicio y el amargo fin de ‘El Duque Blanco’.

Enero lleva en la consciencia a Bowie; Sus días llevan impregnada la marca de un ícono que pasó por el mundo para dejar plasmada su esencia en la historia de la música. Un inicio y un amargo fin. Un mes que en silencio fue partícipe de un ciclo.

– 8 de enero, 1947: el mes fue testigo del primer parpadeo de la estrella;… un amargo día 10 de 2016 la vio partir.

Los hechos, aunque cautelosos, dejaron un mensaje que se descifró ya muy tarde, justo después de la partida.

Lazarus, un auto-epitafio a la medida. Apenas semanas antes del adiós, el 17 de diciembre de 2015, ‘Lazarus’ vio la luz para cantar (aunque sigilosa y silenciosamente) lo que se aproximaba; gritaba en silencio que el ‘Camaleón del Rock’ estaba por zarpar; que la extravagancia de esos colores se apagaría, aunque no se sabia exactamente que día.

¿Qué significaba en ese momento? Nadie lo sabía con exactitud, o al menos no antes del 10 de enero. Esas líneas que escalaron tops musicales escondían el triste anuncio del fin de Ziggy, pero el mundo no pudo descifrar a la perfección el mensaje oculto tras la estrella negra.

Permaneció discreto hasta el final. La noticia de su deteriorada salud era un rumor que solo hacía dudar de las ausencias del ícono en público, pero que nunca trascendió; decir ‘cáncer’ nunca fue motivo de discusión, y una muerte próxima mucho menos se veía venir.

8 de enero, 2016: Festejaba sus 69 como toda una estrella; llovían las felicitaciones, homenajes y tributos; el rayo de colores se regocijaba entre velas y célebres mensajes… pero, la realidad que se vivía dentro del ya decadente Bowie no era festividad, mucho menos una juerga, sino una tormenta de pensamientos que presentían lo inevitable.

Apenas un día antes se estrenó el video de ‘Lazarus’; el ‘auto-epitafio’ tomaba forma visual, pero lo peculiar del video y su mensaje oculto pasó desapercibido ante lo acostumbrado que tenía Bowie al público de ver extravagancia en sus obras.

En el clip David celebraba la libertad que significaría decir adiós a las garras del cáncer que en seis ocasiones (según se cuenta) lo llevaron a sentir el cese de su corazón. Celebraba, quizá, la proximidad del adiós que daría a ese monstruo que lo fue consumiendo poco a poco. Pero nadie indagó, nadie imaginó que…

Sostenido vehemente por la mano de los ‘dioses’ de la crítica, emergió ‘Blackstar’, congratulándose con múltiples reseñas que lo único que tenían que decir sobre éste eran halagos. Es claro que, como toda obra, no a todo el mundo agradó, pero en los medios y las redes cualquier comentario negativo que pudiese haber existido era opacado por los aplausos que le llovían. ‘Blackstar’, aquel disco que quedó en la línea de entre lo ‘fresco’ y lo ‘póstumo’, logró su cometido, una despedida brillante para el maestro Ziggy Stradust.

Tres días pasaron: Apenas amanecía el lunes 11 y los titulares se alzaron con su nombre, pero más que tornarse de un color camaleónico, como solía suceder ante cada noticia de Bowie, esta vez se tiñeron de un tono oscuro, tan oscuro como los amargos moños negros que anuncian un adiós… un adiós que ese día marcaba a la música.

La noticia corrió rápidamente; en WhatsApp la tragedia hacia eco, en Facebook sus fotos inundaban los muros, convirtiéndose en el estandarte de la despedida aquella icónica imagen donde su rostro es atravesado por el colorido rayo que resalta su pupila peculiar; En Twitter ya era historia: el hashtag #RIPBowie coronó las tendencias de esa mañana, y es que despedir a quien abrió dimensiones en la escena musical y creó mundos con diversos alter egos que dejaron marca, no fue fácil.

Está de más decirlo: los homenajes surgieron tan rápido como fue posible; los tributos se volvieron incontables.

Los últimos segundos del clip ‘Lazarus’ muestran a un Bowie que se pierde dentro de un armario que, ahora sabemos, representaría el ‘más allá’. Lo que hasta entonces era el simple cierre de un video, hoy se entiende: la vida terrenal de Bowie cerró su última página, pero el legado que sembró sigue naciendo en cada una de sus obras inmortalizadas con su esencia.

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Cerati: la última noche, el último grito

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Como un premeditado pero aún escondido epitafio musical, Gustavo entonó “Lago en el cielo”… No volvió a entonar nada más.

                          Crónica de un adiós inesperadamente eterno

15 de mayo, 2010: Era noche y las estrellas ya envolvían el majestuoso estadio de la Universidad Simón Bolívar de Caracas, Venezuela, para abrir paso a una estrella más.

Lo artificial de las luces comenzó a emerger y el poder del sonido comenzaba a volverse cada vez más fuerte; y ahí estaba él: victorioso, poderoso, jovial y listo para el show… o al menos así lo aparentaba.

Según afortunados o desafortunados testigos de aquél último concierto, la velada comenzó con temas como “Fuerza natural”, “Magia”, “Deja vu”…

El repertorio continuaba canción tras canción y la euforia parecía no cesar. Afuera todo el mundo festejaba el encuentro con la banda argentina, pero ni idea de qué había dentro de la cabeza de Gustavo en esos minutos tan valiosos.

“Ahí va un regalo… no mio, sino de la naturaleza, o de lo que sea. Un lago en el cielo para todos.. acá que estamos bien alto, gracias, Caracas”, expresó.

Y entonces, como un premeditado pero aún escondido epitafio musical, Gustavo entonó “Lago en el cielo”.

La música sonaba en todo su esplendor y un solo de guitarra se apoderó del ambiente. Por alrededor de dos minutos Cerati rasgó el instrumento con una emotividad palpable, y dedicó unas muy breves pero ahora doloras palabras de despedida.

“Chau, Venezuela”, dijo, pero ni él, ni sus compañeros, ni el público presente sabía que ese adiós era para el mundo… era para siempre.

La foto del recuerdo era infaltable: A como pudo, se reunió con sus compañeros y esperó ese flashazo que plasmaría aquella imagen que se convertiría en la última junto a su equipo.

Bajó las escaleras de la tarima, más aturdido que cuerdo, pero mantuvo su pose.

Adriám Taverna, sonidista de la banda, cuenta que logró notar que algo no andaba bien en Cerati.

“¿Te sentís bien?”, le preguntó, pero la respuesta nunca llegó, aunque asegura que Gustavo sí llegó a hacer el esfuerzo de mover sus labios, pero aquellas palabras que quería pronunciar, no salieron de su ser.

Con su delgado cuerpo se abrió paso hacia los camerinos, y fue ahí donde el monstruo disfrazado de un accidente cerebrovascular lo tomó por sorpresa.

En las noticias resonaba su nombre: “Cerati sufre accidente cerebro vascular tras concierto”.

Todo parecía ser una mala racha de la que la ícono musical saldría librado, pero los días pasaron y su cuerpo no daba respuesta. Esos días se convirtieron en semanas… meses… años…

4 de septiembre, 2014: Muere Gustavo Cerati. Aquel despertar que todos esperaban, no llegó. El coma lo atrapó por 4 años, y un paro respiratorio le arrebató la vida, haciendo de su esencia una leyenda del rock argentino.

Gracias totales, Gustavo Cerati.

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