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Sigur Rós: la melodía del silencio

Sigur Rós en Auditorio Citibanamex

Anoche, la banda islandesa Sigur Rós ofreció un impresionante show en el Auditorio Citibanamex como parte de su World Tour 2022.

Quien ha escuchado a Sigur Rós sabe que son, ante todo, una experiencia sonora. En comparación con otras bandas que se han presentado en este mismo recinto, en sus conciertos no se escucha el bullicio ni los cantos a coro ni las gargantas desgarradas. En su lugar, hay un montón de cuerpos inmóviles y expectantes.  Y es que escuchar a Sigur Rós en vivo, irremediablemente, obliga a mirar hacia adentro.

Sus shows en vivo son una experiencia envolvente y multisensorial única, cuya narrativa sonora se complementa con el discurso visual de las proyecciones, los elementos escénicos y el juego de luces.

Por primera vez, anoche, los regios pudimos experimentar a los islandeses en vivo en el Auditorio Citibanamex, en un magnífico show que se prolongó casi hasta la media noche. Se trató de un espectáculo a dos tiempos, una exquisita e impecable mezcla de elementos de sonoros, lumínicos y visuales. En resumen: un deleite a los sentidos.

 

El ejercicio introspectivo

Y aquí estamos. Minutos después de las nueve de la noche la banda aparece en el escenario entre luciérnagas de luces amarillas y gritos. Nos envuelve en una atmósfera oscura, acompañada del sonido del agua al correr por el río.  Entonces Jónsi hace sonar el arco (instrumento con el que se toca el violín) sobre las cuerdas de la guitarra.

Luego viene un estruendo, las luces estroboscópicas y el sonido que retumba en el cuerpo. En las pantallas, detrás de las mamparas de cables tensados del suelo al cielo en líneas diagonales y verticales, un niño agita las manos dando círculos de atrás hacia adelante, derramando la tierra entre sus puños.

En seguida viene una melodía suave al calor de las luces rojas que acompaña a los cuatro músicos que se reúnen alrededor del piano. Una sensación reconfortante y serena inunda el espacio. Es el sonido el vehículo para penetrar y llegar a las emociones, para encontrar la melodía que se encuentra en el silencio, ésa que murmura entre las hojas que se agitan en las copas de los árboles, el crujir de las montañas en medio de la noche, las burbujas del agua, el canto de la aurora boreal y la gota que se derrama. No hace falta cerrar los ojos para escuchar con atención.

Cada una de las piezas es un viaje. Lo mismo que con las largas sinfonías, el público parece perplejo, cada uno en un ejercicio personal de apreciación e introspección.

Luego de una hora de show y un receso de veinte minutos, la banda regresa para continuar el ejercicio introspectivo y alucinante. Y notamos que algo luce distinto, las líneas del escenario ahora son todas verticales, apuntan en una sola dirección.

La segunda parte se nos presenta con estruendo, oscilante entre los recuerdos de la infancia y el presente. De pronto, las luces nos tiñen las cabezas de rojo. La voz de Jónsi simula el grito desesperado.

Luego una atmósfera fría se deja caer de nuevo sobre el lugar y, justo en ese momento, una mujer, un par de filas delante de mí, toma la iniciativa y se pone de pie. A ella le sigue otra, y un puñado más, hasta que casi todos se ponen de pie. Las siluetas se van descubriendo entre el centellear de las luces. Los aplausos comienzan a elevarse. Parece que el final está cerca.

Entonces salen del escenario, pero regresan pronto para recibir los aplausos. La velada ha llegado a su fin. Es casi la media noche.

 

Para quienes experimentamos por primera vez a Sigur Rós en vivo, anoche fue una experiencia irrepetible en el sentido literal, pues difícilmente volveremos a ver a la banda en la ciudad. Pasaron muchos años para que esto pudiera ser posible. Gran acierto de OCESA al apostar por este tipo de bandas.

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